Confundir
lo común con lo ordinario es como confundir lo sencillo con lo simple.
La
RAE los equipara como si nada, dice que común es igual que vulgar o lo define
como: bajo, de inferior clase y despreciable.
Lo
común es aquello que, siendo tan habitual, pasa en gran medida desapercibido.
En mi caso pasa con el tañer de las campanas, ya no las escucho. Suenan junto a
mi casa tan a menudo que ya pasan desapercibidas. Para mi es una cosa común, de
tal forma que es la gente que viene a verme la que me recuerda que están ahí,
sonando cada poco. Pero eso no significa que sea ordinario ni mucho menos
vulgar. El repicar a veces es continuo, a veces rítmico, constante, cambia
según su lenguaje propio pero no es ‘de inferior clase y despreciable’.
Lo
común son esas cosas que rodean nuestras vidas y que nos resultan confortables,
de tal manera que llega un día que aún sabiendo que están ahí las obviamos,
pero son la parte que rellena de detalles las cosas. La vida sin lo común es
más pobre, es igual pero más pobre.
Pero
tiene otra acepción, la que pertenece a todos. El espacio común es el que
pertenece a todos, en el que se desarrollan las acciones con otras personas,
donde se producen los encuentros e intercambios. En el ámbito común, es donde
se desarrollan las arquitecturas informales desde mercadillos a campamentos, manifestaciones,
encuentros, flashmob, …
La
arquitectura de lo común es utilizar un peto como casa jugando al corre que te
pillo, es salir y colocar una mesa en la calle para comer fuera un día que hace
bueno.
La
arquitectura de lo común, para mí, es la utilización de los elementos
cotidianos en un sentido más amplio, de manera espontánea, sin recatos y para
un fin común, sabiendo que pertenecen a todos.
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